Cioran, el gran insomne de los Balcanes

—¿Qué hace usted todo el día?

—Me soporto.

Del inconveniente de haber nacido


Han pasado más de cinco años y su pesimismo longevo sigue allí, a la vista de todos. El filósofo de la lucidez que murió en la más absoluta de las demencias seniles. ¡Oh!, paradoja fatal. El Cioran trágico y corrosivo que siempre desdeñó la vida… ¡murió de viejo! Maldición digna de aforismo. El pensador carcomido por su propio pensamiento, el memorioso adolescente perpetuo vencido por el Alzheimer. Broma amarga de la vida.

"Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte. Cuarenta años de un largo, superfluo trabajo de comprobación".

E. M. Cioran fue una de las mentes más agudas del siglo XX, uno de los escritores más incisivos y provocadores que Europa haya tenido. Mediante sus libros, cartas e ideas articuladas en diversas entrevistas, Cioran —el eterno inconforme— habló del hombre y de sus mentiras ancestrales, razonó sobre la necesidad de aceptar la demolición de los axiomas de la humanidad, y disparó contra todas las convenciones sociales. Familia, dios, filosofía, religión, amor, sexo… nada ni nadie escapó a su apotegma punzante y perturbador.

"Necesidad física del deshonor. Me hubiera gustado ser hijo de verdugo".

Pero la amargura y decepción no fueron achaques de vejez, desde pequeño moldearon su implacable interior. Cioran nació en Rasiniri, un pueblo de los Cárpatos, cerca de Transilvania. Su madre, casada con un sacerdote de la iglesia ortodoxa rumana, una vez le dijo: "Si hubiera podido prever tus sufrimientos, no te habría dado a luz. Te hubiera abortado". El niño misántropo no tardó en hacerse amigo del sepulturero del pueblo. Gracias a esta relación fue que Emil Cioran y sus pocos compañeritos de juego pudieron practicar el fútbol… con un cráneo humano.

"Me gustaría ser libre, inimaginablemente libre. Libre como un ser abortado".

A los 20 años, Cioran experimentó el gran drama de su existencia, una desgracia que lo marcó por el resto de sus días. No fue la guerra o la expatriación de sus padres, ni el hambre, ni siquiera el conflicto étnico de los Balcanes. Todo lo que escribió, todo lo que pensó y elaboró, todas sus divagaciones tienen origen en ese drama: la pérdida del sueño. Bien sabía que estaba condenado a otra temporalidad, bien sabía que la vida sólo es soportable porque existe esa discontinuidad llamada sueño.

"No merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde".

Durante las noches, cuando todo el mundo dormía, Cioran erraba durante horas por las calles, como una suerte de fantasma condenado a la pesadilla que produce la conciencia sin descanso, la vigilia sin reposo. Esa experiencia devastadora lo llevó a escribir En las cimas de la desesperación, una especie de testamento saturado de rabia y excesos lingüísticos.

"Un libro es un suicidio diferido".

Pero Cioran no se metió una bala entre sien y sien, descubrió en la escritura su única salvación. Con el tiempo sus aforismos se volvieron más espesos y más breves. Viajó a Francia con boleto sencillo, sin retorno, y con los años se convirtió en el bárbaro sin trabajo, en el estudiante de cuarenta años de la Sorbona, en el gran moralista y estilista "francés".

"No tengo nacionalidad; mejor posición para un intelectual, no hay".

Oscuro y genial, atrapado en su propia dialéctica, este Diógenes del Siglo XX escribió diez libros en donde destruyó dogmas y academias por igual. Su burla despiadada, su arrogancia, su veneno puro y letal va de lleno contra todos los que se escudan tras de cualquier sistema (filosófico, religiosos, burocrático, ideológico, institucional) porque se niegan a pensar por sí solos. Esther Seligson dice: "Cioran es un pensador de, y para, solitarios e inconformes".

E. M. Cioran. Nunca perteneció a una mafia intelectual, jamás usó una computadora, llamó a Jean Paul Sartré "hombrecillo de vida e ideas patéticas" y se rehusó a recibir premios porque le molestaba "aceptar dinero en público". Escéptico, desesperanzado, incomprendido, solitario, nihilista, personaje atormentado. Emil Miha Cioran. Hace tiempo "consiguió" la muerte, pero nunca descansará en paz.

"¿Con qué derecho se ponen a rezar por mí? No tengo necesidad de intercesores, me las arreglaré solo".

Son las tres de la mañana, de madrugada y, ya se sabe, el insomne termina demente o suicida… o escritor de anatemas. "Buenas noches" en caso de que algún día puedas pegar los ojos.


Texto: Arturo Pizá Malvido

Originalmente publicado en UniversoE, 2001

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