Sade o los deliciosos hierros del crimen que amamos

Prepotente, colérico, irascible, exagerado en todo

con una imaginación disoluta jamás antes vista,

ateo al punto de fanatismo… ese soy yo, allí me

tienen, mátenme otra vez o acéptenme como soy

porque nunca cambiaré.

Tomado de la última voluntad y testamento

de Donatien-Alphonse-François


El Divino Marqués nos mira y sonríe, aún conserva esa mirada magnífica y terrible que provoca priapismo y comezón. Él es Donatien-Alphonse-François o, si se quiere, Donatien-Louis-Aldonze, tercer conde de Sade, el perseguido, el padre maldito que flageló a Justine y acarició a la viciosa Juliette. Un réprobo que desde hace dos siglos está formado en el estante del infierno de todas las bibliotecas del mundo; allí nos espera, paciente.

Ah, pero hay conciencias piadosas que intentan a toda costa taparnos los ojos, que pretenden impedir que nuestras manos se manchen con la tinta de Sade. Nos previenen diciéndole "apólogo del mal" o "discípulo del diablo". Lo abominan, lo acusan: "Qué monstruo incansable… cuando llega al final de sus crímenes, cuando ha agotado su caudal de incestos y bestialidades, cuando se encuentra por fin allí, jadeando sobre cuerpos que ha apuñalado y violado, cuando no queda iglesia por mancillar, niño que no haya sido descuartizado por su furor, ni una sola idea moral a la que no haya embarrado con la inmundicia de sus odiosos lenguajes, sólo entonces se detiene… se mira y ríe". Mejor invitación no hay.

Pero para degustar la obra de Sade hay que tener en cuenta los riesgos: salir ileso es posible pero improbable. La lectura de sus escritos puede desembocar en gigante tragedia porque fueron estructurados precisamente para eso, para hacer temblar nuestras pequeñas certidumbres. Si de algo es culpable este aristócrata no es del ramplón libertinaje que practicó en vida, sino de abrir el pozo de la conciencia que guarda nuestros propios gemidos. Es, en síntesis, el espejo implacable de lo más oscuro de cada uno de nosotros.

Pese a todas las leyendas, el único delito “real” de Sade fue escribir diez mil páginas que describen a la perfección la naturaleza corrompida del hombre, su apetito venéreo, la mentira de la que se vale el poder para justificar sus excesos. Criminal fue por lo que dijo, no por los pecadillos que alguna vez cometió.

Antes que Havellock Ellis, que Freud, que Sartre, este promotor de la angustia descubrió nuestro comportamiento frente a la carne y lo expuso con todos sus puntos y todas sus comas. Sin embargo, Donatien no inventó nada y es importante aclararlo. Simplemente hizo liturgia del placer al poner al descubierto nuestro gusto por la violencia, nuestro deseo congénito a cambiar dolor por placer y la satisfacción morbosa que nos provoca el infortunio de los demás. La pulsión…

Dice Maurice Blanchot que Sade tuvo la audacia de establecer sus gustos personales como punto de partida y principio de toda razón para interpretar a la especie humana en su conjunto. Sade escribe: “Siempre fui un hombre de pasiones fuertes y aficiones muy marcadas. La única razón por la cual fui traído a este mundo ha sido para satisfacer esos gustos y esas pasiones. No me arrepiento de mis pecados, sino de haber hecho sólo un uso moderado de las facultades pecadoras que me fueron concedidas. De haber sido realmente devoto, las habría satisfecho hasta el final, y no lo hice.”

La filosofía negra de Sade argumenta que la naturaleza es la única autoridad en este universo sin dios y que la violencia es la ruta más pura hacia el placer. En sus novelas se avienta de fondo a abismos que pocos autores se han atrevido a pisar. A veces burdo, a veces brillante e ingenioso, Sade muestra la dimensión metafísica de la violencia, el lado velado del hombre, su salvajismo, su bestialidad: en Filosofía en la alcoba (1795), una anciana es forzada a recibir una dosis de sífilis por medios poco tradicionales; en Justine o las desventuras de la virtud (1791), una mujer bondadosa se desangra hasta la muerte a consecuencia de mordidas y torturas infligidas por su propio marido; en Juliette o el vicio ampliamente recompensado (1797), la protagonista da punto final a una orgía de sangre y fluidos corporales con un encuentro menage a trois en el que participa el papa Pío VI.

Los libros del divino Marqués son más que proezas eróticas, blasfemias y sacrilegios. Las tinieblas humanas que relata nos dejan ver su absoluta libertad, insumisión, rebeldía y desobediencia ante la sociedad hipócrita de su tiempo. Sus letras son los gritos desesperados (o delirios) de un hombre encarcelado durante 27 años y, efectivamente como lo señala Octavio Paz, esos gritos son una “llama doble” que —a la vez— encanta y horroriza.

Y esa fascinación que despierta su obra ha atraído a artistas y escritores que, como moscas, han ido tras la miel de ese goce supremo erróneamente llamado libertinaje: Apollinaire, Cocteau, Man Ray, Bataille, Klossowski, Bretón, Pasolini, Mishima, Dalí… en fin, listarlos a todos sería ridículo. De una forma u otra, todos ellos han tratado de emular esa sadiana “utopía al revés”, ese “ser inocente a fuerza de culpabilidad”.

Cómo no dejarse atrapar ante su catálogo de carnalidad, ante su promesa de depravación bien recompensada: “Un infierno habitado por los de nuestra misma especie, a pesar de todas las torturas, es mucho más deseable que un cielo ocupado por las criaturas monótonas que se dicen modelos de virtud”.

El Marqués de Sade murió en el hospital psiquiátrico de Charentón y sus restos fueron enterrados religiosamente en el cementerio del mismo lugar. Todos sus manuscritos fueron confiscados. Una parte, juzgada como altamente peligrosa, fue quemada. Lo demás fue vendido en una subasta pública. Su tumba fue profanada, su cráneo se perdió. Sólo quedan sus palabras amour, plaisir, volupté.

El Divino Marqués nos espera con la paciencia de Job, su fantasma recorre las ruinas del castillo La Coste que —arrogantes— dominan todo el valle de Bonnieux, allá en la Provenza que lo vio nacer. Donatien no tiene prisa, sabe bien que uno de estos días alguno de sus libros estará frente a nosotros y bastará cogerlo, jalarlo y ponerlo sobre nariz y boca.

Ese día se acerca.

¿Vas a la biblioteca? No olvides el látigo, allí te espera el infierno publicado sobre papel de Biblia.

Texto: Arturo Pizá Malvido

Originalmente publicado en UniversoE, 2001

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